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Centroamérica en una misma mesa




A veces una no sabe cuánto carga hasta que alguien de otro país te mira a los ojos y te dice: “¿Cómo lográs seguir?”

Ese fue el tono de muchos de los encuentros que viví estos días, conviviendo con colegas de casi toda Centroamérica. Yo, una nicaragüense viviendo en Costa Rica, llegué pensando que sería solo un taller más… y terminé reconociendo partes de mi historia que tenía guardadas desde hace años.

Desde que llegamos, el hotel se convirtió en nuestro pequeño mundo. Pasamos ahí prácticamente todos los días: desde la tarde de la llegada hasta cuatro días más tarde. No fue solo un lugar donde dormir; fue el espacio donde nos encontramos, conversamos, nos desahogamos y hasta reímos de cosas que, en otros contextos, solo dolían.

Y para mí hubo algo emocionalmente fuerte: tenía años de no sentir un trato así en un hotel, casi desde que salí al exilio. Esa sensación de ser atendida sin miedo, sin sospechas, sin sentir que una tiene que justificar cada movimiento, fue sorprendente. Me recordó lo que se siente existir sin la carga automática del “procedente de Nicaragua”. A veces un gesto amable, una pregunta sencilla, un “¿todo bien?” genuino, te devuelve pedacitos de dignidad que una ni sabía que había perdido.


En medio de esas conversaciones que nacían en los pasillos o mientras esperábamos el almuerzo, surgió un concepto que, aunque lo vivo todos los días, rara vez lo nombro: el exilio.

Según la Real Academia Española, el exilio es la “separación de una persona de la tierra en que vive” o una “expatriación, generalmente por motivos políticos”. Y la Encyclopedia Britannica lo define como la condición en la que una persona se ve obligada a dejar su país para vivir en otro, normalmente por razones de seguridad o persecución.

Y mientras recordaba esas definiciones —tan frías, tan exactas— no pude evitar pensar en lo diferente que es vivirlo. El exilio no solo es irse: es que te arranquen el ritmo, el paisaje, la seguridad, la posibilidad de volver. Es el duelo que continúa incluso cuando ya encontraste un techo, un país temporal o un trabajo nuevo.


Viviendo este taller junto a colegas de Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica, me quedó más claro que cada uno carga su propia versión de ese desarraigo. Aunque no todos sean exiliados, todos entienden lo que es perder algo: una red, un espacio, un país que ya no te garantiza nada.


Uno de los momentos que más me marcó fue cuando un reportero —que tiene su página informativa en redes sociales, especialmente en Facebook— compartió algo que no esperaba escuchar:

que le sorprendía la experiencia y los conocimientos que traíamos incluso quienes somos periodistas jóvenes de Nicaragua.

Dijo que, con sus años de trayectoria, a nuestra edad él no tenía esas herramientas ni esa mirada crítica. Lo dijo con admiración, sin paternalismo. Y aunque intento no aferrarme a los elogios, ese comentario me atravesó. Porque, aunque nadie lo dice en voz alta, el exilio nos forma de maneras duras: aprendemos rápido, evolucionamos a la fuerza, crecemos con la urgencia de contar antes de que sea demasiado tarde.


Entre los grupos y las mesas, también llegaron las preguntas.

Preguntas profundas.

Preguntas que revelan más empatía que curiosidad.


Nos preguntaban cómo salimos de Nicaragua, cómo seguimos trabajando desde los distintos exilios, cómo sobrevivimos emocionalmente cuando la nostalgia aprieta, y cómo sobrevivimos económicamente cuando los países donde estamos apenas nos dejan respirar. Preguntaban por Costa Rica, por El Salvador, por Guatemala… por esas pequeñas redes que tejemos para no quebrarnos. Preguntaban incluso: “¿Y no te dan ganas de rendirte?”


A veces respondí con palabras largas; otras, con silencios. Y no fui la única. Entre todos construimos una especie de confesionario colectivo donde entendimos que el exilio no solo nos quita un país:

nos quita rutinas, nos quita estabilidad, nos quita pertenencias… pero no logra quitarnos la capacidad de narrar. Esa se queda.


La convivencia en el hotel, desde las risas hasta esas conversaciones serias a medianoche, me hizo ver que Centroamérica se reconoce en sus heridas, pero también en su resistencia.

Que hay algo profundamente humano en ver que otros admiran tu fuerza incluso cuando vos misma la das por sentada.

Que hay algo sanador en escuchar: “Te entiendo”, aunque venga desde otra frontera.


Estos días me dejaron una certeza: contar lo que vivimos sigue siendo necesario, sobre todo porque las historias que nacen del exilio —desde ese pedacito de tierra que una lleva adentro— siguen siendo nuestras armas más sinceras.


Y si algo aprendí entre desayunos, pasillos iluminados y abrazos inesperados, es que seguimos existiendo mientras sigamos narrándonos.



 

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