El diablo viste a la moda: ¿quién es la verdadera villana y qué revelará la secuela sobre el periodismo digital?
Por redacción de Desde mi lente
Con el hype de El diablo viste a la moda y el anuncio de su secuela, decidí volver a verla. Pero esta vez no desde la nostalgia ni desde la moda, sino desde un lugar mucho más personal: el de una mujer joven intentando abrirse camino en el mundo laboral, especialmente en áreas como el periodismo, donde las oportunidades muchas veces llegan disfrazadas de sacrificio.
¿Y si nunca hubo una villana en El diablo viste a la moda?
Durante años nos enseñaron a ver esta historia como una lucha clara entre “la buena” y “la mala”. Por un lado, Andy Sachs, la chica común, noble, que solo quiere una oportunidad. Por el otro, Miranda Priestly, la jefa fría, exigente, casi inhumana. Y en medio, los amigos, el novio, el entorno… como si todos tuvieran un rol claro en esta narrativa.
Pero al volver a verla, algo cambia.
Andy no es simplemente una víctima. Sí, entra a un trabajo donde no encaja, donde no entiende las reglas, donde la tratan mal. Pero también decide quedarse. Decide adaptarse. Decide transformarse. Y eso no es menor. Porque muchas veces, cuando hablamos de mujeres en espacios laborales difíciles, caemos en la trampa de verlas únicamente como víctimas del sistema, quitándoles algo fundamental: su capacidad de decisión.
Andy elige. Y elegir, incluso en contextos limitados, también es poder.
Desde una mirada feminista, esto es incómodo pero necesario. Porque reconocer la agencia de Andy no significa ignorar las injusticias, sino entender que sobrevivir en ciertos entornos implica negociar con ellos. Implica ceder, resistir, adaptarse… y a veces, perderse un poco en el proceso.
Y ahí es donde entra Miranda.
Miranda no es solo “la villana”. Es el resultado de un sistema que durante años ha exigido a las mujeres ser el doble de duras, el doble de perfectas, el doble de implacables para poder sostener una posición de poder. No es casualidad que sea temida. No es casualidad que no tenga margen para el error. No es casualidad que su humanidad esté completamente relegada.
¿Eso la justifica? No.
Pero sí la explica.
Desde el feminismo, también es importante cuestionar cómo construimos a las “mujeres poderosas” en la narrativa. ¿Por qué una mujer exigente es automáticamente cruel, mientras que un hombre en la misma posición es visto como líder? ¿Por qué la empatía parece ser un requisito obligatorio para unas, pero opcional para otros?
Miranda no es el ideal. Pero tampoco es un monstruo aislado. Es el reflejo de lo que el sistema recompensa.
Y luego están los otros personajes.
El novio de Andy, sus amigos… quienes, en teoría, representan la “vida real”, lo auténtico, lo correcto. Pero, ¿realmente lo son? ¿O también encarnan otra forma de presión? Porque mientras Andy intenta crecer profesionalmente, ellos la juzgan, la cuestionan, la hacen sentir culpable por cambiar. No intentan entender el contexto en el que está, sino que esperan que siga siendo la misma, sin importar lo que eso implique para su futuro.
Y eso también pasa en la vida real.
¿Cuántas veces se le exige a una mujer que no cambie, que no “se pierda”, que no priorice su carrera… mientras se aplaude cuando un hombre hace exactamente lo mismo?
Por eso, esta película deja de ser una historia sobre moda y se convierte en algo mucho más profundo: una reflexión sobre lo que estamos dispuestas a tolerar para sobrevivir.
Como periodista joven, he estado en los zapatos de Andy. He aceptado trabajos mal pagados. He trabajado con jefes difíciles. He sentido esa presión constante de demostrar que valgo, incluso cuando las condiciones no son justas. Y migrar lo hace aún más complejo. Porque cuando estás empezando desde cero en otro país, muchas veces no elegís lo ideal: elegís lo posible.
Y eso no siempre se ve bonito.
A veces implica callar.
A veces implica aguantar.
A veces implica convertirse en una versión de vos misma que no reconocés del todo.
Pero también implica algo más: aprender cuándo irte.
Porque si algo hace bien Andy al final, no es resistir. Es decidir. Es entender que ya aprendió lo que tenía que aprender, y que quedarse más tiempo significaría perderse por completo.
Y tal vez ahí está la verdadera lección.
Ahora, con la llegada de una posible segunda parte, surge otra pregunta que va más allá de los personajes: ¿de qué va a tratar realmente esta historia hoy?
Porque el mundo que mostraba Runway ya no existe como antes.
Muchos especulan que la secuela podría girar en torno al choque entre los medios tradicionales —las revistas impresas, el prestigio editorial, la curaduría de élite— y el mundo digital: inmediato, cambiante, muchas veces precario, pero también más accesible.
Y si eso es así, entonces esta historia ya no solo sería sobre moda… sino sobre la transformación de toda una industria.
La caída de lo impreso.
La urgencia del clic.
La presión de ser relevante todo el tiempo.
Y ahí es donde esto se vuelve aún más personal.
Porque Desde mi lente, este blog, y yo como profesional de la comunicación, somos parte de esa transición. Somos ejemplo de esa realidad donde ya no necesitas una gran revista para contar historias, pero donde también todo es más inestable, más competitivo y, muchas veces, menos justo.
Hoy no solo luchamos por un espacio.
Luchamos por sostenerlo.
Por eso, si la secuela realmente aborda este cambio, no será solo una continuación: será un espejo de lo que vivimos ahora.
De nuevas Andys tratando de entrar a una industria que ya no tiene las mismas reglas.
De nuevas Mirandas intentando sostener estructuras que se están desmoronando.
Y de una generación entera navegando entre la pasión, la precariedad y la necesidad de reinventarse constantemente.
Porque al final, la pregunta no es quién fue la mala.
Es mucho más incómoda:
¿cuánto de Andy hemos sido… y cuánto de Miranda nos ha tocado ser para sobrevivir… en un mundo que ya cambió por completo?


