Tuve que esconderme en una misa para escapar de un hombre
Por Alex Desjardins
La feria del 19 de abril.
Si estás leyendo esto, probablemente conocés esa sensación incómoda de cuando una mujer deja de sentirse tranquila en un espacio.
No pasa de golpe.
Empieza poco a poco.
Con alguien rondando demasiado cerca. Con miradas largas. Con conversaciones que una no pidió. Con el cuerpo avisándole a una antes que la cabeza.
El 19 de abril fui a una feria de emprendimientos organizada por sectores de la oposición nicaragüense en San José, Costa Rica. Había una misa, actos culturales, música y supuestamente sería una actividad grande para conmemorar las protestas de 2018.
Pero casi nadie llegó.
La mayoría éramos los mismos emprendedores, artistas y organizadores tratando de fingir que el ambiente no estaba raro.
Las ventas fueron bajísimas. Había molestia. Frustración. Gente hablando por lo bajo sobre promesas incumplidas, decisiones tomadas sin consultar y personas jugando a liderar espacios que realmente no construyen entre todos.
Yo ya sospechaba que eso iba a pasar.
Por eso ni siquiera me quedé dentro de la feria todo el tiempo. Me puse cerca de la entrada promocionando mis productos por aparte. Además tenía el pie herido y honestamente no tenía paciencia para lidiar con ciertas personas ese día.
Y entonces apareció él.
Un periodista que ya había visto antes en otros espacios en Costa Rica.
Nunca me dio buena espina.
Al principio solo rondaba cerca mío. Se acercaba cuando me veía sola y se alejaba cuando alguien llegaba a hablar conmigo. Como midiendo momentos.
Hasta que eventualmente encontró uno.
Y comenzó a hablar.
Primero criticando a otras personas de la feria. Después hablando mal de medio mundo. Después diciendo cosas que me hicieron sentir cada vez más incómoda.
No fue una sola frase.
Fue la insistencia.
Fue no poder salir fácilmente de la conversación.
Fue esa sensación horrible que muchas mujeres conocemos: cuando ya no estamos siendo amables porque queremos, sino porque estamos tratando de evitar que la situación se vuelva peor.
Yo ya me sentía acosada.
Y lo más fuerte es que tuve que pedir ayuda.
Le escribí a dos personas para que llegaran a rescatarme de esa conversación. Solo una apareció.
Esa persona terminó acompañándome a la misa.
Sí. Yo, que ni siquiera soy católica, terminé refugiándome en una misa para no quedarme sola afuera con un hombre que me hacía sentir insegura.
Pero ni siquiera ahí paró.
También nos siguió.
Y el resto de la actividad tuve que asegurarme de no volver a quedarme sola.
A veces pienso que eso resume demasiadas cosas sobre ciertos espacios políticos.
Hablan de democracia.
Hablan de libertad.
Hablan de reconstruir países.
Pero muchas veces ni siquiera saben construir espacios seguros para las mujeres que están dentro de ellos.
Y tal vez esa fue la verdadera conmemoración del 19 de abril que me quedó ese día: darme cuenta de que algunas personas pueden hablar de libertad mientras siguen reproduciendo pequeñas formas de control, incomodidad y violencia alrededor suyo.



