Bienvenidos al circo: crónicas de fronteras y absurdos
Publicado por Alex Jacometti
Queridísimos lectores,
Nicaragua es ese país donde cruzar la frontera se ha vuelto más peligroso que enfrentarse a un dragón con sandalias. No, no es exageración: basta con tener ideas propias, publicar algo en redes o crear arte que alguien, en algún escritorio gris y mal iluminado, considere “ofensivo” para que te nieguen la entrada. Sí, así de locos están.
Tomemos el caso de nuestra valiente artista salvadoreña. Ella escribió un artículo para un medio costarricense, hablando de la ineficiencia del sistema migratorio de Costa Rica. Nada sobre Nicaragua, ni una crítica al Estado, ni siquiera un comentario mordaz. Y aun así… ¡denegada!
Imagínense la escena: funcionarios revisando su historial, frunciendo el ceño por un texto que ni siquiera los mencionaba, como si fuera un conjuro maligno. La lógica aquí es digna de cuentos de fantasmas: si la obra existe, debe ser peligrosa.
No es un caso aislado. Recientemente, un músico costarricense con raíces nicaragüenses casi fue devuelto por un tuit irrelevante. Y a eso se suman influencers y personalidades de redes sociales que han visto cómo el Estado les cerraba la puerta:
Valeria Sánchez, influencer, fue inicialmente rechazada en la frontera y luego apareció en Managua sin explicación clara.
Anielka Espino, piloto e influencer nicaragüense, no pudo ingresar tras un viaje a Miami por una prohibición del Estado.
Chico Reyes Rosas, youtuber, fue detenido en Houston y no pudo abordar su vuelo de regreso.
Verónica Weffer, influencer venezolana, fue retenida en el aeropuerto de Managua por declarar su profesión.
Alexander Lapshin, bloguero israelí, fue detenido en la frontera Las Manos bajo acusaciones de espionaje.
Aquí ya no se trata de leyes ni de fronteras: se trata de capricho puro, esa maravillosa maquinaria que confunde la libertad de expresión con amenazas existenciales. Cada decisión parece dictada por un oráculo paranoico: si tu pluma, tu obra o tu feed no aplaude, tu presencia es peligrosa.
Mientras tanto, el país funciona como un búnker ideológico: ideas propias afuera, ecos oficiales adentro. La censura y la vigilancia se sienten más agudas, especialmente en un contexto de creciente sensación de inseguridad desde que murió Samcam en Costa Rica. Todo se vuelve impredecible: tuiteas, publicas, respiras… y alguien podría decidir que eso es motivo suficiente para negarte el paso.
Lo más irónico es que esto deja de ser solo absurdo y se convierte en espectáculo. Uno podría sentarse, palomitas en mano, y ver cómo la maquinaria estatal se enreda en su propia paranoia: “¡Este post! ¡Esa obra! ¡Alguien detenga la democracia imaginaria!”
Pero en serio: el humor y la ironía no quitan lo trágico. La consecuencia es clara: miedo, censura y aislamiento que se siente más allá de la frontera. Y mientras ellos pierden la cabeza, nosotros podemos reírnos un poco de la locura, compartir los textos, leerlos y recordarles que la libertad de expresión artística y digital no necesita permiso de migración.
Porque si algo queda claro, queridos lectores, es que en Nicaragua ya no se necesita ser crítico para que te vean como enemigo; basta con existir con ideas propias. Y eso, amigos míos, es el mejor recordatorio de que incluso en el absurdo, la voz sigue siendo un acto de resistencia.
Sobre el autor:
Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.