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Mi llegada a Guatemala: crónica de un viaje que empezó antes del amanecer

 




Viajar después de más de tres años sin salir de Costa Rica no es simplemente agarrar una maleta: es casi un evento histórico, una expedición digna de documentarse como si fuera la llegada del hombre a la luna… pero con menos presupuesto y más café.


El viaje empezó realmente desde el día anterior, cuando decidí quedarme súper cerca del aeropuerto Juan Santamaría. No por lujo, sino porque mi vuelo salía a las 6 de la mañana, y yo necesitaba estar ahí —idealmente— a las 4:00 a.m., o antes, por aquello del caos, los nervios, la existencia humana y, por supuesto, el eterno miedo del viajero latinoamericano: que algo pase y no me dejen subir al avión.


Ya había hecho el check-in online desde el día anterior, como toda persona responsable que después igual se preocupa por cosas innecesarias. Y así llegamos a mi primer momento estelar del viaje: mi temor irracional en el counter de la aerolínea.



Mientras hacía la fila con mis maletas y mis ansias, yo ensayaba mentalmente un monólogo dramático para cuando el agente me dijera:

—“Lo siento, señorita, con ese tipo de identificación usted no puede salir del país”.


Yo ya tenía preparada mi respuesta derrotada:

—“Ah bueno, era una señal del universo, ni modo, regreso a mi casa.”


Pero nada de eso pasó. Cuando finalmente llegué al counter, el empleado apenas me miró, me sonrió con esa cara de tranquila, no es tan profundo, revisó mi documento, y me dijo:

—“Todo en orden. ¿Va solo con este equipaje?”


Yo respiré como si hubiera cargado un piano desde Alajuela a pie.

La vida te da unos sustos que ni te explico.





El paso por rayos X: la evolución humana en su máxima expresión



Después de ese primer triunfo psicológico, pasé a la zona de seguridad y rayos X. Ahí me llevé una sorpresa digna de Preguntas Frecuentes del Futuro:

ya no piden quitarse los zapatos.


Sí, así como lo leés. Yo iba lista para caminar descalza por ese piso frío que grita “decenas de medias pasaron por aquí”, pero no. Esta vez solo tocó sacar todos mis artículos electrónicos, que básicamente significan vaciar el 70% de mi mochila: laptop, tablet, celular, cargadores, audífonos, la cámara, el cargador de la cámara, el powerbank, el cable del powerbank, y las otras cosas que una nunca recuerda haber empacado.


Una vez superado este ritual moderno, ya sentía que había ganado medalla olímpica.





Primera parada: Café Britt, el salvavidas del aeropuerto



Apenas crucé seguridad, me dirigí a mi parada obligatoria del aeropuerto:

Café Britt.


Iba sin desayunar, porque así funciona mi vida cuando viajo: despierto a las 3:00 a.m., pero nunca tengo tiempo para comer. Así que me acerqué estratégicamente a donde estaban dando un vasito de muestra de café y algunos chocolates.


Todo delicioso, como siempre.

Nada como un shot de café a esa hora para que el alma vuelva al cuerpo.


Además, aprovecho y te digo: si alguna vez buscás regalitos rápidos para llevar a otro país, los chocolates de Britt siempre son un éxito. Lo digo por experiencia y también para que Google vea este enlace bonito y diga hmm, esta persona sí linkea cosas relevantes, démosle buen CPC.





La travesía social antes de abordar



Desde que llegué al aeropuerto, me encontré con un amigo y compañero periodista que iba al mismo viaje en Guatemala. Eso automáticamente convirtió mi espera en algo muchísimo más entretenido. Entre historias, noticias y risas, el tiempo se nos fue rápido.


Cuando llegamos a la sala de abordaje, nos topamos a más conocidos que también iban al mismo destino por distintas razones. Era como un pequeño congreso improvisado de ticos rumbo a Guatemala. Todo mundo saludándose, actualizándose y preguntando lo mismo de siempre

El avión salió puntual, sin dramas, sin retrasos, sin tormentas apocalípticas: puntualmente a las 6:00 a.m. Y como si el universo hubiera decidido portarse mejor que de costumbre, alrededor de las 7:30 llegamos a Guatemala.


Pasamos por migración y los demás controles sin ningún contratiempo. El mundo debería aprender de esos momentos: si todos los trámites fueran así de suaves, la vida sería una obra de arte.




A la salida del aeropuerto La Aurora, pedimos un Uber —sí, porque empezar un viaje con transporte práctico es casi tan importante como el desayuno—. Y ahí comenzó una aventura inesperadamente turística.

En el camino hacia el hotel, pasamos frente al Zoológico La Aurora.

Yo iba pegada a la ventana como si fuera una niña en su primer paseo escolar y pensando:

—“¡Mirá, el zoológico! Algún día tengo que venir…”


Y así quedó la promesa.

Un zoológico que todavía ni conocía ya tenía agendada nuestra visita futura.


Mientras avanzábamos por la ciudad, ibamos viendo un poco del tráfico, de la hora pico, del clima y de la vida allá. A mí me encanta hablar a dentro del Uber (tanto de los pasajeros como a los conductores) porque siento que siempre salen las historias más interesantes del mundo.


Entre charla y charla, vimos algunas zonas bonitas, restaurantes, parques, y yo mentalmente hacía mi lista de “lugares donde quiero conocer, lugares donde quiero caminar y lugares donde probablemente me voy a perder”.





Finalmente, el hotel



Llegamos al hotel y ahí terminó oficialmente la primera parte del viaje: la parte donde uno está más cansado, más ansioso y más desubicado, pero también la más llena de esa emoción que solo se siente cuando uno llega a un país nuevo.


Ese primer día todavía no sabía todo lo que iba a vivir en Guatemala, pero ya tenía claro que el viaje pintaba bien: amistades, café, sustos innecesarios, chocolates, zoológicos inesperados y la satisfacción de que todo había salido sin un solo tropiezo.


Este viaje no solo era la salida del país después de años, era también una pequeña celebración personal: sí llevaba lo que necesitaba, sí podía viajar con ese tipo de identificación y sí, el universo no me estaba cerrando las puertas… al contrario, me las estaba abriendo desde las 4 de la mañana.


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