Ayudas feministas: ¿solidaridad o demagogia?
Por Alex Desjardins
Pero la trama se vuelve más jugosa: muchas de estas organizadoras presentan sus proyectos a cooperantes internacionales para obtener financiamiento a nombre de sus miembros. Entonces surge la duda —y no sin ironía—: ¿por qué depender de que otras personas recojan y entreguen despensas si se dispone de recursos propios? Es fácil imaginarlas con listas en mano, decidiendo quién “merece” más apoyo y quién solo recibe un saludo desde la puerta. Una especie de selección gourmet de la vulnerabilidad, servida con discursos bien ensayados y fotos perfectamente filtradas para redes sociales.
En varios espacios feministas latinoamericanos, esta tensión ha sido señalada. Según un análisis de Píkara Magazine, el asistencialismo disfrazado de empoderamiento puede terminar reforzando las jerarquías que pretende cuestionar.
Y, como en toda historia con tintes de misterio, aparece la pregunta inevitable: ¿llegan realmente las ayudas a las mujeres que las necesitan o desaparecen por el camino dejando apenas un gramo de arroz para disimular? Un acto de magia con hambre incluida. Este tipo de dudas no son menores: organizaciones como ONU Mujeres y Amnistía Internacional insisten en la necesidad de transparencia y rendición de cuentas en los proyectos de cooperación. Sin embargo, cuando las ayudas se convierten en moneda simbólica dentro de pequeños círculos, lo que se promueve no es justicia social, sino capital político.
Lo más curioso es que, mientras los fondos y apoyos internacionales fluyen, la dependencia de donaciones externas no deja de levantar cejas. ¿Será que esta “solidaridad organizada” es más un ejercicio de visibilidad que un verdadero acto de justicia? Resulta irónico que quienes promueven el empoderamiento femenino y tienen acceso a recursos se conviertan en intermediarias de la caridad, decidiendo quién merece más, quién menos y quién simplemente no califica. En palabras de la investigadora Marcela Lagarde, el feminismo no puede reducirse a gestos de poder encubiertos bajo la etiqueta de ayuda, sino que debe transformar las relaciones desde la ética del cuidado colectivo.
En este punto, conviene mirar más allá del escándalo y analizar el fondo del asunto: ¿qué pasa cuando el feminismo se institucionaliza y se gestiona con lógicas de ONG? Muchas voces dentro del movimiento lo han advertido: el riesgo de convertir la lucha en un producto. Algunas académicas, como las autoras del estudio de Clacso sobre cooperación feminista, señalan que la dependencia de fondos internacionales tiende a moldear las agendas locales, priorizando la visibilidad ante donantes sobre las necesidades reales de las comunidades.
En conclusión, estamos ante un evento que combina filantropía, ideología y una pizca de misterio. Una puesta en escena que deja al público entre el aplauso y la ceja levantada. Porque cuando la solidaridad se disfraza de exclusividad, es difícil no preguntarse si la igualdad real algún día tendrá espacio entre bolsas cuidadosamente seleccionadas, discursos estratégicos y decisiones que parecen más un ejercicio de branding que un gesto genuino de ayuda.
Como advierte LatFem, la lucha feminista no puede quedarse en la foto, debe traducirse en acciones sostenidas y colectivas que no excluyan a nadie.
Al final, toda esta “solidaridad feminista” termina pareciendo más una vitrina de autopromoción: un espectáculo pensado para los ojos de los donantes internacionales que financian el proyecto, más que para las mujeres que supuestamente deberían recibir la ayuda. Y es ahí donde el telón cae con fuerza —porque nadie puede asegurar si ese dinero realmente llega a las manos correctas o si, como suele pasar, se desvía entre los bolsillos de quienes administran la causa. Una obra bien actuada, sí… pero con un público que empieza a sospechar del guion.


