Cinta #1: Jiménez y Tanzi
Si estás escuchando esto —o leyéndolo— es porque alguna vez pensaste que exageramos.
Que tal vez es “normal”.
Que seguro fue un malentendido.
Esta cinta es para vos.
Camino por la calle como cualquier otra persona. Pantalón normal. Suéter flojo. Paso firme. Nada que “invite” a nada, aunque ya sabemos que esa palabra es una trampa. Porque nunca se trata de la ropa.
Últimamente el acoso se ha vuelto más frecuente. Más directo. Más descarado.
No es una mirada rápida. Es la insistencia.
No es una frase suelta. Es no parar.
Ayer pasó otra vez, en Jiménez y Tanzi, en San Pedro de Montes de Oca.
Una zona transitada. Iluminada. Con locales abiertos.
Un lugar donde, en teoría, una debería sentirse segura.
Un hombre comenzó a acosarme verbalmente. Por la forma en que estaba ubicado y su comportamiento, me pareció que era uno de los trabajadores nocturnos del lugar, aunque no puedo asegurarlo. Yo seguí caminando. Él siguió hablando.
Saqué el teléfono. Le tomé fotos. Me vio hacerlo. Y no se detuvo.
Ese es el detalle que importa.
No su nombre.
No su cara.
Sino la seguridad con la que continuó.
Como si supiera que nada iba a pasar.
Y entonces aparecen las preguntas que no deberían existir:
¿Quién vigila estos espacios?
¿A quiénes se contrata para estar de cara al público, especialmente de noche?
¿Quién se hace responsable cuando alguien cruza el límite?
En Costa Rica hay leyes que hablan claro sobre el acoso.
Pero en la práctica, muchas seguimos caminando con el cuerpo tenso, calculando rutas, midiendo horarios, fingiendo llamadas, apretando las llaves entre los dedos.
Y no, no es solo un lugar.
No es solo Jiménez y Tanzi.
El acoso también viene de personas que no trabajan en ningún local, de quienes se sienten con derecho a ser vulgares, invasivos, insistentes. Es un problema más grande, más profundo, más cotidiano de lo que se quiere admitir.
Esta cinta no es una acusación individual.
Es un registro.
Una evidencia de algo que pasa en nuestras calles, incluso en las más transitadas.
Porque caminar sin miedo no debería ser un acto de valentía.
Porque no quiero acostumbrarme.
Porque callar también cansa.
Desde mi lente, esto no es una exageración.
Es una realidad que ocurre a plena vista, incluso cuando creemos que nadie se atrevería.
Y ahora que lo sabés, ya no podés decir que no pasa.
