Crónica de un trayecto al Pacífico y de todo lo que cargamos para llegar
Por Alex Desjardins
Pensé que ese viaje empezaría a las cinco de la mañana.
Por eso puse la alarma a las cuatro, convencida de que todavía tenía el control de la jornada. Pero llevaba varias noches durmiendo mal y el cuerpo, que siempre pasa factura, decidió ignorar mis planes. Me levanté media hora tarde y, desde ese momento, sentí que iba corriendo detrás del día.
Pedí una moto por aplicación y salí hacia la terminal con la esperanza de alcanzar el bus de las seis rumbo al Pacífico, cerca de Quepos. Mis cálculos —optimistas, apoyados en Google— decían que llegaría a tiempo. La realidad, en cambio, me entregó un boleto para las siete de la mañana.
Una hora extra de espera parece poca cosa hasta que una está cansada, nerviosa y sabe que alguien la espera al otro lado del viaje.
Fui a desayunar a la soda de la terminal. Un desayuno pequeño y una taza de café costaron más que el pasaje completo. Hay negocios que entienden perfectamente el valor de la necesidad ajena: cuando una no tiene opciones, paga lo que sea. Pensé en eso mientras comía rápido, como quien no desayuna sino que resuelve.
Mientras comía, pensé en otras experiencias recientes en Plaza de la Democracia, en San José, durante las llamadas Ferias Pinoleras, organizadas por mujeres que se presentan desde discursos de feminismo y exilio. La contradicción que sentí ahí fue distinta, pero igual de incómoda: alrededor de la plaza existen múltiples opciones de comida —desde sodas hasta pequeños negocios de comida china, nicaragüense, coreana o pizzerías— mucho más accesibles y con bebida incluida. Sin embargo, dentro de esos espacios que apelan a la solidaridad, los precios también pueden volverse excluyentes. Me quedó una pregunta dando vueltas: ¿qué tan solidario puede ser un proyecto cuando no todas pueden acceder a él?
Antes de subir al bus le repetí al chofer dónde necesitaba bajarme. Lo dije varias veces, como si insistir pudiera garantizar algo.e
Durante el trayecto intenté dormir, pero el sueño llegaba en segundos. Iba demasiado nerviosa por el trabajo que tenía que hacer. No conocía a nadie en el lugar al que me dirigía. No sabía exactamente qué me esperaba.
Entre cabeceos escuché conversaciones ajenas: una videollamada de pareja atravesada por reproches y amor; una mujer avisando por teléfono a qué hora llegaría. Dos escenas cotidianas, dos vidas ajenas que, por unas horas, compartieron conmigo el mismo destino sobre ruedas.
La parada técnica llegó cuando mi paciencia ya estaba rota.
Yo iba tarde.
Y cuando finalmente me bajé, el chofer me dejó varios kilómetros antes del punto acordado.
Ahí empezó otro viaje.
Abrí Uber. Abrí DiDi. Pedí carros. Los conductores cancelaban uno tras otro: era demasiado lejos para ellos, demasiado urgente para mí.
Perdí tiempo. Perdí calma.
Hasta que apareció un muchacho en un carro eléctrico que, sin saberlo, me salvó el día.
Llegué antes del mediodía, sí. Pero mucho después de la hora que había imaginado.
Nunca había estado en una comunidad completamente pesquera frente al mar.
Y aunque el viaje de ida duró más que mi permanencia en el lugar, entendí algo importante: a veces el verdadero relato no está solamente en el destino, sino en todo lo que una tiene que atravesar para llegar.
La entrevista, el trabajo de campo y lo que encontré allí merecen otro texto. Quizá uno más adelante.
Este no trata de eso.
Este trata del cansancio.
Del peso invisible que cargamos mientras intentamos cumplir con todo: una gira de campo, otros proyectos, una mudanza, responsabilidades, expectativas, tiempos imposibles.
Sufrí un colapso emocional durante varios días por cosas que se me juntaron.
No uno escandaloso. No uno cinematográfico.
Uno silencioso.
De esos que se sienten en el pecho.
Todavía, mientras escribo esto, sigo un poco ahí.
Pero quizá escribirlo también sea una forma de volver.
