El diablo viste a la moda 2 : cuando la nostalgia juega en contra
Hay películas que no solo vemos: las guardamos. Las convertimos en referentes de una época, de una etapa de nuestra vida o incluso de nuestra identidad. Algunas historias se quedan con nosotras porque llegaron en un momento preciso y lograron decir algo que necesitábamos escuchar, aunque en ese momento no lo supiéramos.
Para mí, The Devil Wears Prada era una de esas películas.
No era solo una historia sobre moda. Era una película sobre ambición, poder, sacrificios, trabajo y decisiones. Era una película que, aunque situada en un universo glamuroso y aparentemente superficial, hablaba de temas mucho más profundos. Quizás por eso conectó con tantas personas y, dos décadas después, sigue siendo un referente cultural.
Por eso, cuando anunciaron The Devil Wears Prada 2, me emocioné demasiado.
Y cuando digo demasiado, lo digo en serio.
Creo que le puse expectativas altísimas incluso antes de verla. Habían pasado veinte años desde la primera película, y eso ya de por sí cargaba a esta secuela de un peso enorme. Pero además, empecé a leer críticas positivas que hablaban de un tema que me parecía particularmente interesante: la transición del periodismo tradicional al periodismo digital.
Como licenciada en comunicación que se ha desarrollado principalmente desde el periodismo digital —y con poca experiencia en medios tradicionales— sentí que esta película podía hablarme desde un lugar distinto. Pensé que podría conectar con esa tensión que muchas veces vivimos quienes trabajamos en comunicación hoy: el choque entre las estructuras tradicionales y las nuevas formas de contar historias.
Eso me emocionó todavía más.
A eso se sumó otro detalle que me llenó de entusiasmo: saber que regresaban las mismas actrices y actores.
Hay algo profundamente reconfortante en volver a ver personajes que marcaron una etapa de tu vida. Es como reencontrarte con alguien que no ves hace años: no importa cuánto tiempo haya pasado, una parte de vos sigue reconociéndole inmediatamente.
Pero quizá ahí empezó mi problema: idealicé demasiado la experiencia.
Mi primera decepción fue pequeña, pero real: el cambio en los actores de doblaje.
Sí, ya sé. Para eso están las versiones originales. Y sí, probablemente el problema fue mío por haber construido un vínculo emocional también desde esas voces. Pero las voces importan. Forman parte de la memoria afectiva. A veces no recordamos una escena exacta, pero sí recordamos cómo sonaba.
Y ese pequeño cambio ya me hizo sentir que algo no era igual.
Después vino una decepción más grande: la moda dejó de sentirse como protagonista.
No es que yo sea una gran fanática de la moda. De hecho, no lo soy. Pero cuando una película se llama El diablo viste a la moda, uno espera que ese universo siga siendo central. Espera seguir viendo ese mundo exagerado, brillante, exigente y casi absurdo que en la primera película funcionaba como escenario y también como símbolo.
En esta segunda parte, sentí que ese elemento perdió fuerza.
Y con eso también se perdió parte de la esencia.
Pero quizá lo que más me sorprendió fue Miranda Priestly.
O mejor dicho: la ausencia de la Miranda que conocimos antes.
Ese personaje, interpretado de forma magistral en la primera entrega, no era memorable solo por ser dura. Era memorable porque era intimidante, brillante, fría, calculadora y fascinante al mismo tiempo. Miranda representaba un tipo de poder incómodo pero imposible de ignorar.
En esta nueva película sentí que esa fuerza estaba diluida.
No digo que los personajes no puedan evolucionar. De hecho, deberían hacerlo. Sería absurdo esperar que alguien siga exactamente igual veinte años después. Pero una cosa es evolucionar y otra muy distinta es perder aquello que te hacía inolvidable.
Y ahí fue donde sentí una desconexión.
Al salir del cine entendí algo: mi mayor decepción no había sido la película.
Había sido mi expectativa.
Yo no fui a ver una secuela. Fui a buscar una emoción.
Fui a buscar la sensación que tuve hace veinte años cuando vi la primera película. Quería revivir esa mezcla de fascinación, humor, tensión y admiración que me dejó entonces.
Pero eso era imposible.
Porque no solo cambió la película.
También cambié yo.
Ya no soy la misma persona que vio El diablo viste a la moda por primera vez. Hoy la miro desde otro lugar: desde mi profesión, desde mi experiencia, desde mis propias contradicciones.
Tal vez por eso me dolió un poco no encontrar lo que esperaba.
Porque a veces confundimos nostalgia con calidad.
Creemos que algo será bueno porque nos recuerda a algo que amamos. Y no siempre funciona así.
Las secuelas tienen una tarea casi imposible: dialogar con el pasado sin vivir atrapadas en él.
Y creo que esta película no logró equilibrar del todo esa tensión.
No me pareció una mala película. Sería injusto decir eso.
Tiene momentos valiosos, guiños que funcionan y escenas que apelan directamente a quienes amamos la primera entrega.
Pero tampoco me pareció extraordinaria.
Y quizás esa sea la lección más honesta que me dejó: no todo lo que vuelve logra reconstruir lo que alguna vez sentimos.
A veces las segundas partes no llegan para repetir una historia.
Llegan para recordarnos que el tiempo pasó.
Y que nosotras también cambiamos.
Desde mi lente, El diablo viste a la moda 2 no fracasó por ser mala.
Fracasó, al menos para mí, porque mi nostalgia esperaba demasiado.

