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El escenario vacío: mi primera experiencia actuando lejos de casa

Cuando uno piensa en teatro, normalmente imagina un escenario iluminado, un público atento, aplausos al finalizar y esa sensación de que algo importante acaba de suceder. Pero mi primera experiencia actuando estuvo muy lejos de esa imagen tradicional.

No empezó detrás de un telón, sino en una carretera rumbo a Los Chiles, cerca de la frontera con Costa Rica. Un viaje que, de alguna manera, terminó siendo parte de la misma experiencia teatral.

Durante el camino nos tocó enfrentar una espera inesperada de casi dos horas porque había ocurrido un problema en un puente. Según nos contaban, la situación estaba relacionada con unos trabajos realizados por los constructores conocidos como los Herrera, quienes aparentemente no tienen la mejor fama en la zona. Mientras el tiempo pasaba y el viaje se alargaba, nosotros aprovechábamos cada momento para ensayar.

Entre conversaciones, cansancio y movimiento, íbamos repasando el guion, leyendo nuestras líneas y tratando de entrar en una historia que pronto tendríamos que llevar a un escenario. Era curioso pensar que el teatro ya había comenzado antes de llegar al lugar de la presentación: estaba en el camino, en los nervios, en la convivencia del grupo y en ese esfuerzo colectivo por prepararnos.

Cuando finalmente llegamos y llegó el momento de presentar la obra, nos encontramos con una realidad que probablemente muchos artistas han vivido alguna vez: el público no siempre está esperando.

Ese día solamente llegaron alrededor de tres personas a ver la función. Incluso había más actores sobre el escenario que personas observando desde afuera. Para alguien que piensa en el teatro desde la idea de llenar una sala, podría parecer un fracaso. Pero la experiencia me hizo pensar en otra cosa: quizás una historia no pierde su valor solamente porque pocas personas la escuchan.

Aun así, también debo ser honesto con mi propia experiencia. Aunque estaba participando como actor, no sentí completamente que fuera una obra en el sentido tradicional en el que yo imaginaba el teatro. Más que interpretar un personaje construido desde una ficción, sentía que estábamos representando fragmentos de nuestra propia historia, de la historia de Nicaragua y de las experiencias que muchas personas han vivido.

Era como estar en medio de una memoria colectiva.

Sin embargo, había una distancia para mí. No participé directamente en la escritura de la obra ni en la construcción de ese relato junto con quienes lo crearon. Mi papel era darle voz y presencia a algo que ya existía. Eso me hizo preguntarme qué tanto necesita un actor apropiarse de una historia para poder transmitirla realmente.

Porque actuar no es solamente aprender un texto y repetir unas palabras. También implica encontrar una conexión con aquello que estás diciendo, entender por qué existe esa historia y descubrir qué parte de ti puede dialogar con ella.

Tal vez esa fue una de las mayores enseñanzas de esta experiencia: el teatro no solamente está en el resultado final, sino en todo el proceso que ocurre antes. Está en los ensayos durante un viaje largo, en los nervios antes de salir, en la incertidumbre de no saber quién estará sentado frente al escenario y en las preguntas que quedan después de la función.

Ese día no tuvimos un gran público, pero tuvimos algo que muchas veces se olvida: la oportunidad de contar.

Y quizás esa es una de las razones por las que existe el arte. No siempre para recibir aplausos, reconocimiento o grandes cantidades de espectadores, sino para abrir espacios donde una historia pueda ser escuchada, aunque sea por unas pocas personas.

Mi primera experiencia actuando no fue una obra perfecta ni una escena sacada de una película. Fue más humana que eso. Fue un viaje, una espera, un grupo de personas intentando hacer algo juntas y un escenario pequeño donde descubrí que el teatro también existe cuando casi nadie está mirando.


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