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Incidencia colectiva en el ForoCAP: la presión que ayudó a visibilizar el caso de Fabiola Tercero


 



El viaje a Guatemala no solo significó días de formación periodística, intercambio profesional y participación activa en el ForoCAP 2024. También se convirtió, de manera inesperada, en un momento político clave donde la incidencia colectiva tomó protagonismo. La presencia de periodistas de PCIN, muchas de ellas también activistas, feministas y parte de redes centroamericanas, marcó una diferencia crucial en cómo se habló —y se actuó— frente a la desaparición de la periodista nicaragüense Fabiola Tercero.


Este viaje a Guatemala no solo representó un espacio de formación y encuentros profesionales, sino también un momento en el que la incidencia colectiva tomó una fuerza inesperada. Durante el ForoCAP, varias periodistas integrantes de PCIN —muchas de ellas también activistas, feministas y participantes de redes regionales— impulsaron acciones para exigir la liberación de la periodista nicaragüense Fabiola Tercero, detenida arbitrariamente y mantenida en silencio por más de un año. La conversación sobre su caso se convirtió en un punto de encuentro que trascendió los talleres y paneles formales, y que terminó uniendo a periodistas de varios países de Centroamérica bajo una misma preocupación urgente: la desaparición de una colega.


La denuncia pública por la desaparición forzada de Tercero empezó a circular con fuerza en los pasillos del foro. En uno de los primeros reportes, 100% Noticias reportó que su familia denunció su desaparición y que llevaban meses sin información sobre su paradero.


En una segunda publicación, 100% Noticias reportó que comunicadores auxiliados aprovecharon el ForoCAP para denunciar su desaparición y elevar el caso ante redes feministas y organizaciones regionales presentes en el evento.


Más tarde, ante la presión pública, el régimen difundió un video donde mostraba a Fabiola Tercero, intentando contrarrestar las denuncias de desaparición forzada.


El mismo medio luego publicó otra nota donde PCIN calificó el video como “una prueba de vida” y exigió su liberación real.


A esta cobertura se sumaron otros medios. Artículo 66 explicó que la presentación pública ocurrió después de 16 meses de silencio, subrayando la magnitud del riesgo que enfrentaba la periodista.


En una segunda nota, Artículo 66 denunció indicios de manipulación en la versión oficial respecto a las condiciones en que el video habría sido grabado.


A nivel internacional, LatAm Journalism Review resaltó que, aun con el video, su libertad seguía en duda.


La primera denuncia formal de desaparición había sido emitida por CALIDH, como lo documentó esta publicación, que advertía sobre un patrón sostenido de desapariciones forzadas en Nicaragua.


Dentro del ForoCAP, estas publicaciones no solo circularon: se discutieron estratégicamente. Varias periodistas feministas propusieron colocar el caso en un marco de derechos humanos y violencia de género, reconociendo que las mujeres periodistas sufren patrones diferenciados de hostigamiento estatal. Las conversaciones se expandieron a redes sociales, a grupos de WhatsApp y a espacios informales que multiplicaron el alcance de la denuncia.


Desde mi perspectiva, la articulación colectiva —desde Guatemala hasta otros países donde periodistas replicaban la información— influyó para que el régimen finalmente diera señales de vida de Tercero tras más de un año en silencio. No fue un solo actor: fue la suma de voces, presiones, publicaciones y articulaciones transfronterizas lo que rompió el cerco informativo.


En un contexto donde la represión transnacional se intensifica, el caso de Fabiola Tercero reafirma que los encuentros periodísticos no solo sirven para formarse, sino para incidir. Lo vivido en Guatemala demostró que cuando periodistas se encuentran, se organizan y denuncian juntas, es posible desafiar silencios impuestos y activar redes de solidaridad que trascienden fronteras.


Taller “Cómo planear fotografía periodística” (FOROCAP, Antigua Guatemala)

 



No fue lo que me imaginaba este taller. Llegué con la expectativa de que estaría mucho más ligado a la fotografía en sí: a técnicas periodísticas, al uso del lente para narrar realidades, a cómo construir una historia visual desde la primera imagen hasta la última. Pensé que sería un espacio para profundizar en el ejercicio fotográfico dentro del periodismo, especialmente en un contexto tan cargado de historias como lo es Antigua Guatemala.


Aunque sí escuché relatos valiosos de colegas de otros países —sus desafíos, sus procesos y la forma en que entienden el oficio—, el taller terminó yendo por una línea distinta a la que esperaba. Al final, la planificación y gestión de proyectos fue el eje central, un tema importante, claro, pero no nuevo para mí. Es algo que ya he desarrollado tanto en mi emprendimiento como en mi carrera periodística, y que perfectamente puedo trasladar a los proyectos fotográficos que quiero impulsar.


Aun así, la experiencia de estar en FOROCAP y en Antigua Guatemala dejó aprendizajes propios: entender cómo otros periodistas enfrentan contextos hostiles, cómo transforman ideas en proyectos sostenibles y cómo la fotografía puede ser una herramienta que se planifica, sí, pero que también nace de la intuición, de la sensibilidad y del encuentro con quienes habitamos las historias.


Salir del taller con una sensación distinta a la esperada también fue una forma de aprendizaje. Me permitió reafirmar qué tipo de formación busco, hacia dónde quiero llevar mi mirada fotográfica y qué tipo de narrativas quiero construir desde mi trabajo.


Centroamérica en una misma mesa




A veces una no sabe cuánto carga hasta que alguien de otro país te mira a los ojos y te dice: “¿Cómo lográs seguir?”

Ese fue el tono de muchos de los encuentros que viví estos días, conviviendo con colegas de casi toda Centroamérica. Yo, una nicaragüense viviendo en Costa Rica, llegué pensando que sería solo un taller más… y terminé reconociendo partes de mi historia que tenía guardadas desde hace años.

Desde que llegamos, el hotel se convirtió en nuestro pequeño mundo. Pasamos ahí prácticamente todos los días: desde la tarde de la llegada hasta cuatro días más tarde. No fue solo un lugar donde dormir; fue el espacio donde nos encontramos, conversamos, nos desahogamos y hasta reímos de cosas que, en otros contextos, solo dolían.

Y para mí hubo algo emocionalmente fuerte: tenía años de no sentir un trato así en un hotel, casi desde que salí al exilio. Esa sensación de ser atendida sin miedo, sin sospechas, sin sentir que una tiene que justificar cada movimiento, fue sorprendente. Me recordó lo que se siente existir sin la carga automática del “procedente de Nicaragua”. A veces un gesto amable, una pregunta sencilla, un “¿todo bien?” genuino, te devuelve pedacitos de dignidad que una ni sabía que había perdido.


En medio de esas conversaciones que nacían en los pasillos o mientras esperábamos el almuerzo, surgió un concepto que, aunque lo vivo todos los días, rara vez lo nombro: el exilio.

Según la Real Academia Española, el exilio es la “separación de una persona de la tierra en que vive” o una “expatriación, generalmente por motivos políticos”. Y la Encyclopedia Britannica lo define como la condición en la que una persona se ve obligada a dejar su país para vivir en otro, normalmente por razones de seguridad o persecución.

Y mientras recordaba esas definiciones —tan frías, tan exactas— no pude evitar pensar en lo diferente que es vivirlo. El exilio no solo es irse: es que te arranquen el ritmo, el paisaje, la seguridad, la posibilidad de volver. Es el duelo que continúa incluso cuando ya encontraste un techo, un país temporal o un trabajo nuevo.


Viviendo este taller junto a colegas de Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica, me quedó más claro que cada uno carga su propia versión de ese desarraigo. Aunque no todos sean exiliados, todos entienden lo que es perder algo: una red, un espacio, un país que ya no te garantiza nada.


Uno de los momentos que más me marcó fue cuando un reportero —que tiene su página informativa en redes sociales, especialmente en Facebook— compartió algo que no esperaba escuchar:

que le sorprendía la experiencia y los conocimientos que traíamos incluso quienes somos periodistas jóvenes de Nicaragua.

Dijo que, con sus años de trayectoria, a nuestra edad él no tenía esas herramientas ni esa mirada crítica. Lo dijo con admiración, sin paternalismo. Y aunque intento no aferrarme a los elogios, ese comentario me atravesó. Porque, aunque nadie lo dice en voz alta, el exilio nos forma de maneras duras: aprendemos rápido, evolucionamos a la fuerza, crecemos con la urgencia de contar antes de que sea demasiado tarde.


Entre los grupos y las mesas, también llegaron las preguntas.

Preguntas profundas.

Preguntas que revelan más empatía que curiosidad.


Nos preguntaban cómo salimos de Nicaragua, cómo seguimos trabajando desde los distintos exilios, cómo sobrevivimos emocionalmente cuando la nostalgia aprieta, y cómo sobrevivimos económicamente cuando los países donde estamos apenas nos dejan respirar. Preguntaban por Costa Rica, por El Salvador, por Guatemala… por esas pequeñas redes que tejemos para no quebrarnos. Preguntaban incluso: “¿Y no te dan ganas de rendirte?”


A veces respondí con palabras largas; otras, con silencios. Y no fui la única. Entre todos construimos una especie de confesionario colectivo donde entendimos que el exilio no solo nos quita un país:

nos quita rutinas, nos quita estabilidad, nos quita pertenencias… pero no logra quitarnos la capacidad de narrar. Esa se queda.


La convivencia en el hotel, desde las risas hasta esas conversaciones serias a medianoche, me hizo ver que Centroamérica se reconoce en sus heridas, pero también en su resistencia.

Que hay algo profundamente humano en ver que otros admiran tu fuerza incluso cuando vos misma la das por sentada.

Que hay algo sanador en escuchar: “Te entiendo”, aunque venga desde otra frontera.


Estos días me dejaron una certeza: contar lo que vivimos sigue siendo necesario, sobre todo porque las historias que nacen del exilio —desde ese pedacito de tierra que una lleva adentro— siguen siendo nuestras armas más sinceras.


Y si algo aprendí entre desayunos, pasillos iluminados y abrazos inesperados, es que seguimos existiendo mientras sigamos narrándonos.



 

Taller medioambiental en Guatemala: un espacio para el intercambio regional




El taller medioambiental realizado en la ciudad de Guatemala fue organizado por la Asociación Centroamericana Centro Humboldt (ACCH). Inicialmente, el encuentro estaba previsto para llevarse a cabo en Costa Rica; sin embargo, las visas fueron negadas a integrantes de la organización, lo que obligó a trasladar la actividad a Guatemala. A pesar del imprevisto, el espacio logró reunir a periodistas de Honduras, Costa Rica y Guatemala, fortaleciendo el intercambio regional.


Durante las sesiones, compartimos experiencias sobre los retos medioambientales en nuestros países de origen y en los territorios donde vivimos actualmente. Las conversaciones se centraron en vivencias personales, aprendizajes y los puntos en común que enfrenta la región en materia de sostenibilidad, extractivismo y políticas ambientales.


Como parte de la delegación de PCIN, tuvimos la oportunidad de exponer sobre los compromisos medioambientales que observamos en medios de origen nicaragüense, destacando la importancia de una cobertura rigurosa y responsable frente a los desafíos actuales.


El taller también contó con las presentaciones individuales de Duyerlin (Onda Local), Nayel (PCIN) y Abigail, tres periodistas que, aunque no participaron en representación formal de PCIN, aportaron análisis valiosos y dejaron en alto el trabajo de la organización.


Este encuentro reafirmó la necesidad de seguir creando espacios regionales donde periodistas puedan dialogar, aprender y potenciar sus capacidades para abordar la crisis climática desde distintas realidades centroamericanas.

 

Mi llegada a Guatemala: crónica de un viaje que empezó antes del amanecer

 




Viajar después de más de tres años sin salir de Costa Rica no es simplemente agarrar una maleta: es casi un evento histórico, una expedición digna de documentarse como si fuera la llegada del hombre a la luna… pero con menos presupuesto y más café.


El viaje empezó realmente desde el día anterior, cuando decidí quedarme súper cerca del aeropuerto Juan Santamaría. No por lujo, sino porque mi vuelo salía a las 6 de la mañana, y yo necesitaba estar ahí —idealmente— a las 4:00 a.m., o antes, por aquello del caos, los nervios, la existencia humana y, por supuesto, el eterno miedo del viajero latinoamericano: que algo pase y no me dejen subir al avión.


Ya había hecho el check-in online desde el día anterior, como toda persona responsable que después igual se preocupa por cosas innecesarias. Y así llegamos a mi primer momento estelar del viaje: mi temor irracional en el counter de la aerolínea.



Mientras hacía la fila con mis maletas y mis ansias, yo ensayaba mentalmente un monólogo dramático para cuando el agente me dijera:

—“Lo siento, señorita, con ese tipo de identificación usted no puede salir del país”.


Yo ya tenía preparada mi respuesta derrotada:

—“Ah bueno, era una señal del universo, ni modo, regreso a mi casa.”


Pero nada de eso pasó. Cuando finalmente llegué al counter, el empleado apenas me miró, me sonrió con esa cara de tranquila, no es tan profundo, revisó mi documento, y me dijo:

—“Todo en orden. ¿Va solo con este equipaje?”


Yo respiré como si hubiera cargado un piano desde Alajuela a pie.

La vida te da unos sustos que ni te explico.





El paso por rayos X: la evolución humana en su máxima expresión



Después de ese primer triunfo psicológico, pasé a la zona de seguridad y rayos X. Ahí me llevé una sorpresa digna de Preguntas Frecuentes del Futuro:

ya no piden quitarse los zapatos.


Sí, así como lo leés. Yo iba lista para caminar descalza por ese piso frío que grita “decenas de medias pasaron por aquí”, pero no. Esta vez solo tocó sacar todos mis artículos electrónicos, que básicamente significan vaciar el 70% de mi mochila: laptop, tablet, celular, cargadores, audífonos, la cámara, el cargador de la cámara, el powerbank, el cable del powerbank, y las otras cosas que una nunca recuerda haber empacado.


Una vez superado este ritual moderno, ya sentía que había ganado medalla olímpica.





Primera parada: Café Britt, el salvavidas del aeropuerto



Apenas crucé seguridad, me dirigí a mi parada obligatoria del aeropuerto:

Café Britt.


Iba sin desayunar, porque así funciona mi vida cuando viajo: despierto a las 3:00 a.m., pero nunca tengo tiempo para comer. Así que me acerqué estratégicamente a donde estaban dando un vasito de muestra de café y algunos chocolates.


Todo delicioso, como siempre.

Nada como un shot de café a esa hora para que el alma vuelva al cuerpo.


Además, aprovecho y te digo: si alguna vez buscás regalitos rápidos para llevar a otro país, los chocolates de Britt siempre son un éxito. Lo digo por experiencia y también para que Google vea este enlace bonito y diga hmm, esta persona sí linkea cosas relevantes, démosle buen CPC.





La travesía social antes de abordar



Desde que llegué al aeropuerto, me encontré con un amigo y compañero periodista que iba al mismo viaje en Guatemala. Eso automáticamente convirtió mi espera en algo muchísimo más entretenido. Entre historias, noticias y risas, el tiempo se nos fue rápido.


Cuando llegamos a la sala de abordaje, nos topamos a más conocidos que también iban al mismo destino por distintas razones. Era como un pequeño congreso improvisado de ticos rumbo a Guatemala. Todo mundo saludándose, actualizándose y preguntando lo mismo de siempre

El avión salió puntual, sin dramas, sin retrasos, sin tormentas apocalípticas: puntualmente a las 6:00 a.m. Y como si el universo hubiera decidido portarse mejor que de costumbre, alrededor de las 7:30 llegamos a Guatemala.


Pasamos por migración y los demás controles sin ningún contratiempo. El mundo debería aprender de esos momentos: si todos los trámites fueran así de suaves, la vida sería una obra de arte.




A la salida del aeropuerto La Aurora, pedimos un Uber —sí, porque empezar un viaje con transporte práctico es casi tan importante como el desayuno—. Y ahí comenzó una aventura inesperadamente turística.

En el camino hacia el hotel, pasamos frente al Zoológico La Aurora.

Yo iba pegada a la ventana como si fuera una niña en su primer paseo escolar y pensando:

—“¡Mirá, el zoológico! Algún día tengo que venir…”


Y así quedó la promesa.

Un zoológico que todavía ni conocía ya tenía agendada nuestra visita futura.


Mientras avanzábamos por la ciudad, ibamos viendo un poco del tráfico, de la hora pico, del clima y de la vida allá. A mí me encanta hablar a dentro del Uber (tanto de los pasajeros como a los conductores) porque siento que siempre salen las historias más interesantes del mundo.


Entre charla y charla, vimos algunas zonas bonitas, restaurantes, parques, y yo mentalmente hacía mi lista de “lugares donde quiero conocer, lugares donde quiero caminar y lugares donde probablemente me voy a perder”.





Finalmente, el hotel



Llegamos al hotel y ahí terminó oficialmente la primera parte del viaje: la parte donde uno está más cansado, más ansioso y más desubicado, pero también la más llena de esa emoción que solo se siente cuando uno llega a un país nuevo.


Ese primer día todavía no sabía todo lo que iba a vivir en Guatemala, pero ya tenía claro que el viaje pintaba bien: amistades, café, sustos innecesarios, chocolates, zoológicos inesperados y la satisfacción de que todo había salido sin un solo tropiezo.


Este viaje no solo era la salida del país después de años, era también una pequeña celebración personal: sí llevaba lo que necesitaba, sí podía viajar con ese tipo de identificación y sí, el universo no me estaba cerrando las puertas… al contrario, me las estaba abriendo desde las 4 de la mañana.


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