Alex Jacometti, Wattpad y Nicaragua 2018: la historia que unió escritura, memoria y refugio
Volver a leer “Cuando la muerte se enamore”, publicado en mi antiguo blog Ohlalalamd en febrero de 2018, es regresar a una versión de mí que todavía escribía desde la intuición pura.
En aquel momento, Alex Jacometti era el nombre bajo el que construía historias, exploraba emociones y encontraba en la escritura un refugio silencioso. Más que un seudónimo, era una extensión de esa parte creativa que buscaba darle forma a preguntas que todavía no sabía responder del todo.
Antes de que el periodismo se convirtiera en una herramienta para interpretar realidades, mi relación con la palabra se tejía desde otros lugares: las madrugadas frente a una pantalla, los borradores guardados sin fecha de publicación y las historias compartidas en espacios como Wattpad.
Fue ahí donde encontré no solo una plataforma para escribir, sino también una comunidad.
Dentro de ese universo conocí autoras que marcaron mi manera de entender la narrativa, entre ellas Aruma Valeria.
Su escritura tenía una sensibilidad que lograba quedarse.
Había algo en la forma en que construía emociones y atmósferas que conectaba profundamente conmigo. Sus historias tenían esa capacidad de hacer sentir que, del otro lado de la pantalla, había alguien que también entendía esa necesidad de convertir lo intangible en palabras.
A partir de uno de sus libros nació algo inesperado: un grupo de WhatsApp.
Lo que comenzó como un espacio para comentar una historia terminó convirtiéndose en una pequeña comunidad que me acompañó durante años.
Con el tiempo, ese grupo dejó de ser únicamente un espacio de lectores.
Se convirtió en refugio.
En compañía.
En una red de apoyo construida desde algo tan aparentemente simple como compartir una historia.
Recuerdo que incluso llegué a volverme cercana a la escritora. Lo que empezó como admiración por su trabajo terminó transformándose en una conexión más humana, una cercanía que en ese momento significó muchísimo para mí.
Hay vínculos que nacen de maneras inesperadas, y ese fue uno de ellos.
Ese grupo estuvo presente durante una de las etapas más difíciles que nos tocó atravesar.
Cuando Nicaragua estalló en abril de 2018, aquella comunidad digital se convirtió también en un espacio de contención.
En medio de la incertidumbre, del miedo y de todo lo que implicó vivir una transformación tan abrupta, ese chat fue una especie de refugio silencioso.
A veces no hacían falta grandes conversaciones.
Bastaba con saber que estaban ahí.
Que del otro lado había personas acompañando.
Y quizá por eso hoy ese recuerdo tiene tanto peso.
Porque * “Cuando la muerte se enamore”* fue publicado apenas semanas antes de que todo cambiara.
Volver a ese texto es como abrir una cápsula del tiempo.
Es mirar a Alex Jacometti escribiendo desde una inocencia creativa que todavía no sabía cuánto estaba a punto de transformarse.
Recuerdo perfectamente la idea detrás de ese escrito: imaginar a la muerte no como una figura fría e inevitable, sino como un ser capaz de enamorarse.
Pensar que incluso aquello que representa el final pudiera detenerse ante la fragilidad humana.
Que hasta lo irreversible pudiera vacilar frente a una emoción.
Hoy entiendo que, sin saberlo, estaba escribiendo sobre contradicciones humanas.
Sobre esa posibilidad de encontrar humanidad incluso en lo más oscuro.
Con el paso de los años, ese grupo que tanto me acompañó comenzó a apagarse.
Incluso después de la pandemia, aquella comunidad terminó desapareciendo.
No hubo despedidas formales ni un cierre definitivo.
Simplemente se fue diluyendo, como ocurre con ciertos capítulos importantes de la vida.
Y aunque su ausencia dejó nostalgia, nunca borró lo que significó.
Porque hay espacios que, aunque desaparezcan, siguen habitando la memoria.
Después de 2018, mi escritura cambió profundamente.
La ficción siguió siendo parte de mí, pero comenzó a convivir con una necesidad distinta: la de nombrar lo real.
Escribir dejó de ser únicamente imaginar mundos posibles.
También se convirtió en memoria, resistencia, búsqueda y una forma de comprender lo que estaba ocurriendo alrededor.
Hoy, cuando vuelvo a esos textos escritos bajo el nombre de Alex Jacometti, entiendo que ahí comenzó todo.
Entre publicaciones en Ohlalalamd, lecturas compartidas en Wattpad, historias como las de Aruma Valeria y conversaciones que encontraron hogar en un grupo de WhatsApp que hoy ya no existe.
Desde mi lente, volver a ese momento no es solo nostalgia.
Es reconocer el origen.
Es recordar que mucho antes de las búsquedas profesionales y de entender la escritura como una herramienta para narrar realidades, ya existía en mí una certeza que sigue intacta:
las historias tienen la capacidad de unirnos, sostenernos y permanecer, incluso cuando todo lo demás cambia.
