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Cartago: la Vieja Metrópoli que resistió al tiempo

 Publicado por Alex Jacometti


Hace mucho, antes de que San José soñara con ser capital, en un valle envuelto en neblina nació una ciudad que sería el corazón del Reino de Costa Rica.

Su nombre era Cartago, y los cronistas cuentan que fue fundada en el año de 1563, cuando Juan Vázquez de Coronado y sus hombres buscaban un lugar donde el cielo se abrazara con la tierra.

Vásquez de Coronado, inspirado por la historia y la grandeza de antiguas ciudades, decidió llamarla Cartago en honor a la legendaria ciudad fenicia del norte de África, famosa por desafiar a Roma y dejar una huella imborrable en la historia. Así, con ese nombre, selló un destino de grandeza y resistencia, tan firme como las montañas que la rodeaban.

Entre volcanes dormidos y templos de piedra, la Vieja Metrópoli se levantó como una joya colonial. En aquellos días fue la primera capital del país, el centro donde se tejía la historia de una tierra que aún no sabía que sería Costa Rica.

Pero el poder no siempre es eterno. Como lo dijimos en una nota de este blog anteriormente, estas ideas contradictorias sobre el rumbo de la nueva nación llevaron a la Batalla de Ochomogo en 1823, donde San José logró arrebatarle la capital. Cartago, orgullosa pero herida, guardó silencio… aunque su espíritu jamás se rindió.

Los siglos siguientes no fueron amables. Terremotos como dragones dormidos despertaron una y otra vez, reduciendo sus muros a polvo. 




En 1910, el gran sismo de Santa Mónica dejó la ciudad en ruinas, pero también reveló su alma más profunda: la de un pueblo que siempre vuelve a levantarse.



Y así, en el corazón de Costa Rica, sigue viva la ciudad de la Virgen de los Ángeles, donde cada 2 de agosto miles de peregrinos realizan la romería, caminando desde distintos puntos del país hasta la Basílica. 

Esta tradición, que comenzó hace siglos, mantiene viva la fe y la memoria de Cartago, recordando que su historia no solo está en las piedras, sino también en las almas que la recorren. Próximamente compartiré mis propias experiencias viviendo y recorriendo estas tradiciones en estos últimos años, para mostrar cómo Cartago sigue vibrando hoy.

Hoy, Cartago respira entre el pasado y el porvenir.

Sus valles cultivan la tierra que alimenta al país, mientras su gente cultiva algo más profundo: la memoria y la devoción.

Porque en cada piedra de sus ruinas, en cada nube que acaricia el Irazú, y en cada paso de los peregrinos, se escucha aún un eco antiguo:


“No toda capital se mide por el trono que perdió,
sino por la historia que sigue contando.”

 


Sobre el autor:  

Alex Jacometti es escritora y editora especializada

La comunidad del arte: una historia desde Casa Javorai

Publicado por Alex Jacometti


Cuentan los viejos relatos que toda gran aventura comienza con un llamado. A veces llega con el sonido de una puerta que se abre, otras con la chispa de una idea que no deja dormir. Y, en ocasiones, llega con la invitación a compartir un espacio donde el arte se convierte en puente, en voz, en refugio. Así inició esta historia, no en una taberna del Bosque Viejo ni en una aldea de la Tierra Media, sino en un lugar donde las paredes respiran color y comunidad: Casa Javorai.

Aquella tarde, nueve personas respondieron al llamado. Nueve caminantes que, sin saberlo, formarían una pequeña comunidad del arte. Entre ellas había organizadores, artistas, soñadores y curiosos, pero sobre todo, personas dispuestas a escuchar y a crear desde el corazón.

El aire se sentía distinto: una mezcla de calma, curiosidad y algo que solo puede describirse como energía compartida. En el centro, un círculo de velas, lápices y papeles; sobre la pared, un gran pliego de papel kraft lleno de palabras y dibujos que parecían contar su propio relato. “Andar en comunidad”, se leía en el centro, rodeado de espirales, hojas, soles y corazones que cada quien había dejado como huella.

Cada palabra escrita era un símbolo, cada trazo una pequeña declaración de principios. Allí estaban la tranquilidad, la motivación por vivir, la energía colectiva, la libertad. No hacía falta un discurso elaborado ni un manifiesto: bastaba con ver las sonrisas, los gestos, las miradas que se cruzaban como si se reconocieran desde hace mucho. Era una reunión breve, pero cargada de sentido, como esas escenas que parecen pequeñas y luego resultan decisivas en las grandes historias.

Casa Javorai se transformó en escenario y personaje. Entre sus muros de textura viva y su luz cálida, el tiempo parecía fluir distinto. Afuera, el mundo seguía con su ritmo cotidiano; adentro, el arte tejía sus propias conexiones. Algunos compartían sus proyectos personales, otros apenas empezaban a soñar con algo nuevo. Pero todos coincidían en una sensación: que algo estaba naciendo allí.

Era una comunidad sin mapas ni jerarquías, unida por el deseo de crear desde la honestidad. No había prisa, ni estructura rígida, ni exigencia de resultados. Solo la certeza de que el encuentro mismo ya era una forma de creación. Y quizás eso sea lo más poderoso: entender que, antes de cualquier obra, hay un tejido humano que la sostiene.

La tarde fue avanzando entre risas, conversaciones y silencios cómodos. El aroma de las velas se mezclaba con el sonido de los lápices deslizándose sobre el papel. En un rincón, alguien dibujaba una espiral; en otro, alguien escribía una palabra que resonaría más tarde en todos: fuerza.

Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sintieron lo mismo: que esa reunión, sencilla en apariencia, podría ser el inicio de algo más grande.

Quizás nuevos proyectos, nuevas alianzas, nuevas travesías creativas.

Como en toda aventura, el camino apenas empieza, y nadie sabe exactamente hacia dónde llevará. Pero sí se sabe que, cuando el arte y la comunidad se encuentran, lo imposible comienza a parecer posible.

La jornada terminó con abrazos, con promesas que no necesitaban formalidad y con esa sensación de haber compartido algo valioso. Antes de salir, alguien escribió una frase en el borde del papel kraft, casi como un conjuro:

“Somos más que dos.”

Y lo eran. Eran nueve, sí, pero también eran la suma de muchas voces, muchas historias, muchas formas de mirar el mundo.

Porque, al final, como diría un viajero del Oeste:

“El camino sigue y sigue, desde la puerta donde comenzó…”

Y en Casa Javorai, ese camino continúa —luminoso, incierto y lleno de promesas—. 


Sobre el autor:  

Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.






¿La dictadura Ortega Murillo está más aislada?

 


Queridísimos lectores:


No era mi intención que este blog se transformara en un escenario político. Nació, más bien, como un pequeño salón de conversación donde hablar de arte, cultura y sociedad desde los ojos de quienes se mueven entre fronteras, intentando encontrar su lugar en un mundo que cambia más rápido que sus promesas. Pero, como bien saben, la política tiene el curioso talento de colarse en todo —incluso entre pinceles, versos y teatros improvisados.

Este último año, las relaciones diplomáticas entre cierto país del norte y otro, un tanto más al sur, se han vuelto un espectáculo digno del mejor circo itinerante. Entre amenazas de sanciones, declaraciones altisonantes y silencios convenientes, pareciera que los verdaderos malabaristas son los migrantes, tratando de equilibrar su economía mientras el público —los gobiernos— aplaude o abuchea según el guion del día.

No puedo dejar de recordar aquel anuncio de comienzos de año: la posibilidad de expulsar a Nicaragua de los tratados de libre comercio, de imponer más aranceles, de “poner orden”. Una advertencia que, al parecer, se disolvió entre brindis diplomáticos, promesas chinas y sonrisas rusas.

Y como si fuera poco, hubo un intento de enviar a los migrantes de regreso a aquel país que, según el comunicado oficial, era un “gran destino turístico” (un eufemismo tan elegante como absurdo). Lo curioso es que poco después, los mismos portavoces recomendaron a sus ciudadanos no invertir ni visitar aquel paraíso que tan pomposamente habían descrito.

Ah, mis queridos lectores, el arte de la hipocresía diplomática nunca pasa de moda.

Con el más fino de los saludos,

Su siempre observadora,

Lady Lente


Tron Ares, entre herencias digitales y nuevos sistemas

 Publicado por Alex Jacometti 



        Mi primera experiencia con el universo Tron fue con Tron: El legado. En ese momento no sabía que era una secuela ni que existía toda una franquicia detrás; simplemente llegué a la película atraído por su estética futurista y su atmósfera digital. Recuerdo que me fascinó la historia de Sam Flynn, el hijo del legendario Kevin Flynn, fundador de la compañía de videojuegos ENCOM. 

Sam, heredero reacio de ese imperio tecnológico, se niega a aceptar la herencia de un padre desaparecido. Lo suyo es más bien la rebeldía: infiltrarse en la empresa para exponer sus contradicciones, como si quisiera sabotear la maquinaria que lo había creado.

Esa tensión entre la herencia y la negación, entre el creador y la criatura, me pareció profundamente humana. Cuando Sam descubre una señal oculta proveniente del antiguo taller de su padre, se adentra en el mundo digital del Grid —esa realidad paralela diseñada dentro de ENCOM— y se encuentra con una versión distorsionada de las ambiciones de su padre. Es un viaje hacia un universo donde los programas tienen rostro humano y donde el control reemplazó la libertad. Tal vez fue porque la vi en una etapa más impresionable de mi vida, pero esa película me marcó. Su banda sonora, creada por Daft Punk, me pareció una obra maestra: hipnótica, inmersiva, casi espiritual. Es de la poca música electrónica que realmente me gusta, porque allí no era solo ritmo, sino atmósfera.

Años después, me enteré de que El legado no era la original. Así que decidí ver la primera Tron de 1982, para comprender mejor lo que había visto. Y fue curioso: mientras la segunda parte me había impactado con su estética, la primera me resultó densa, más concentrada en diálogos que en acción. Tal vez mi mente, acostumbrada a los estímulos visuales de mi generación, no estaba preparada para un ritmo tan pausado. Admiré su innovación técnica, sí, pero no encontré esa chispa emocional ni una música que me atrapara como la de Daft Punk.

Y así llegamos a este sábado de octubre, en el que fui a ver Tron: Ares. Salí con sentimientos encontrados. Como muchas producciones recientes de Disney, la película intenta actualizarse a los tiempos modernos, pero en ese esfuerzo pierde parte de la continuidad emocional que había dejado El legado. El hijo de Flynn, Sam, desaparece por completo del frente de la historia, y en su lugar aparece una nueva protagonista —una mujer con rasgos asiáticos— que asume el rol de salvadora del sistema. No me molesta el cambio de foco, pero sí la falta de conexión: ¿qué pasó con Quorra, la misteriosa programada que en El legado cruzaba al mundo real? ¿Dónde quedaron las preguntas que esa historia abría sobre lo que significa ser humano o ser creado?

Esta nueva entrega parece querer hablar de poder, inteligencia artificial y trascendencia, pero a veces cae en la misma trampa que critica. Jared Leto encarna a Ares, una inteligencia artificial “elevada”, casi mesiánica, pero sin la complejidad emocional que tuvieron los Flynn. Es cierto que en Ares los personajes femeninos ya no están sexualizados como en muchas producciones anteriores —un paso importante—, pero al mismo tiempo la narrativa retrocede a ciertos roles tradicionales de género. En un intento por ser menos “woke”, la historia termina siendo menos audaz.

Visualmente, Tron: Ares es impresionante: hay secuencias que capturan la belleza geométrica del Grid y que mantienen viva la esencia visual de la saga. Musicalmente, sin embargo, no alcanza la potencia de El legado. La banda sonora acompaña, pero no eleva. Falta ese pulso electrónico que hacía vibrar la experiencia completa.

En resumen, Tron: Ares es más entretenida que la Tron original, pero no logra superar el equilibrio entre emoción, espectáculo y filosofía que El legado alcanzó hace quince años. Tal vez no sea culpa de la película, sino de que aquel brillo, esa mezcla de asombro y sonido que me marcó, pertenece a otra época: una en la que creía que el mundo digital aún podía ser un sueño y no solo un sistema más.


Sobre el autor:  

Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.


Bienvenidos al circo: crónicas de fronteras y absurdos

 Publicado por Alex Jacometti 

Queridísimos lectores,

 Nicaragua es ese país donde cruzar la frontera se ha vuelto más peligroso que enfrentarse a un dragón con sandalias. No, no es exageración: basta con tener ideas propias, publicar algo en redes o crear arte que alguien, en algún escritorio gris y mal iluminado, considere “ofensivo” para que te nieguen la entrada. Sí, así de locos están.

Tomemos el caso de nuestra valiente artista salvadoreña. Ella escribió un artículo para un medio costarricense, hablando de la ineficiencia del sistema migratorio de Costa Rica. Nada sobre Nicaragua, ni una crítica al Estado, ni siquiera un comentario mordaz. Y aun así… ¡denegada!

Imagínense la escena: funcionarios revisando su historial, frunciendo el ceño por un texto que ni siquiera los mencionaba, como si fuera un conjuro maligno. La lógica aquí es digna de cuentos de fantasmas: si la obra existe, debe ser peligrosa.

No es un caso aislado. Recientemente, un músico costarricense con raíces nicaragüenses casi fue devuelto por un tuit irrelevante. Y a eso se suman influencers y personalidades de redes sociales que han visto cómo el Estado les cerraba la puerta:


Aquí ya no se trata de leyes ni de fronteras: se trata de capricho puro, esa maravillosa maquinaria que confunde la libertad de expresión con amenazas existenciales. Cada decisión parece dictada por un oráculo paranoico: si tu pluma, tu obra o tu feed no aplaude, tu presencia es peligrosa.

Mientras tanto, el país funciona como un búnker ideológico: ideas propias afuera, ecos oficiales adentro. La censura y la vigilancia se sienten más agudas, especialmente en un contexto de creciente sensación de inseguridad desde que murió Samcam en Costa Rica. Todo se vuelve impredecible: tuiteas, publicas, respiras… y alguien podría decidir que eso es motivo suficiente para negarte el paso.

Lo más irónico es que esto deja de ser solo absurdo y se convierte en espectáculo. Uno podría sentarse, palomitas en mano, y ver cómo la maquinaria estatal se enreda en su propia paranoia: “¡Este post! ¡Esa obra! ¡Alguien detenga la democracia imaginaria!”

Pero en serio: el humor y la ironía no quitan lo trágico. La consecuencia es clara: miedo, censura y aislamiento que se siente más allá de la frontera. Y mientras ellos pierden la cabeza, nosotros podemos reírnos un poco de la locura, compartir los textos, leerlos y recordarles que la libertad de expresión artística y digital no necesita permiso de migración.

Porque si algo queda claro, queridos lectores, es que en Nicaragua ya no se necesita ser crítico para que te vean como enemigo; basta con existir con ideas propias. Y eso, amigos míos, es el mejor recordatorio de que incluso en el absurdo, la voz sigue siendo un acto de resistencia.



Sobre el autor:  

Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.


Historia de San José, Costa Rica: cómo una villa entre montañas se convirtió en la capital del país

Publicado por Alex Jacometti 



En un valle entre montañas nació San José

En un valle cubierto de neblina y rodeado de montañas, nació San José, una ciudad que pasaría de ser una humilde villa a convertirse en la capital de Costa Rica. Su historia, marcada por trabajo, independencia y visión, refleja el espíritu de toda una nación.

A mediados del siglo XVIII, Costa Rica era una provincia tranquila del Imperio español. En 1736, un grupo de familias del Valle de Aserrí se trasladó hacia una zona conocida como La Boca del Monte. Allí levantaron una pequeña ermita dedicada a San José, que pronto se convirtió en el centro de un nuevo poblado. Un año después, en 1737, el asentamiento fue reconocido oficialmente como la Villa Nueva de San José.

Los orígenes de la villa en el corazón del Valle Central

Durante el siglo XVIII, San José creció lentamente pero con constancia. Su posición geográfica, justo en el centro del Valle Central, la convirtió en un punto estratégico para el comercio y la comunicación con otras localidades como Heredia, Alajuela y Cartago. Los agricultores, artesanos y comerciantes fueron los protagonistas de este desarrollo.

San José no nació con grandes edificios ni murallas, sino con la fuerza del trabajo cotidiano. Con el paso del tiempo, su población aumentó y la vida económica comenzó a girar en torno a sus mercados y caminos, consolidando la identidad de una comunidad laboriosa.

La independencia de Costa Rica y el inicio de una nueva era

El 15 de septiembre de 1821, las provincias de Centroamérica proclamaron su independencia de España. La noticia llegó a Costa Rica semanas después, desatando un debate entre las ciudades principales. Algunos querían unirse al Imperio Mexicano de Iturbide, mientras que otros apostaban por una república libre e independiente.

San José defendió la causa republicana. Su visión liberal y su creciente dinamismo económico la enfrentaron con Cartago, que representaba una posición más conservadora. Esa diferencia ideológica culminó en el primer conflicto armado de la historia del país.

La Guerra de Ochomogo y el nacimiento de la capital

El 5 de abril de 1823, en las colinas de Ochomogo, se enfrentaron las fuerzas de Cartago y San José. Los josefinos resultaron victoriosos, y poco después, San José fue declarada la nueva capital de Costa Rica. El cambio no solo fue político, sino también simbólico: representó el paso de una sociedad colonial a una república moderna, más abierta al comercio y al pensamiento liberal.

San José creció con rapidez. Su ubicación central y su economía activa la convirtieron en el punto de encuentro natural del país. Desde sus calles comenzaron a surgir imprentas, escuelas, mercados y centros de decisión política.

San José como símbolo del progreso costarricense

A lo largo del siglo XIX, San José se consolidó como el corazón de Costa Rica. La expansión del cultivo de café impulsó su desarrollo urbano y atrajo a comerciantes, intelectuales y artesanos. La ciudad se transformó en el eje político, cultural y económico de la nación.

En 1838, bajo el liderazgo de Braulio Carrillo Colina, Costa Rica se separó definitivamente de las Provincias Unidas de Centroamérica, afirmando su independencia total. Desde entonces, San José se convirtió no solo en la capital administrativa, sino en el símbolo de un país que decidió construir su propio destino.

De una ermita a una nación

De una pequeña ermita levantada en 1736 surgió una ciudad.

De una villa entre montañas, nació una capital.

Y de la unión de su gente, emergió una nación que, entre valles y volcanes, aprendió a escribir su propia historia.



Sobre el autor:  

Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.

Carta a diputados Mexicanos para confrontar apoyo a Ortega-Murillo

Publicado por Alex Jacometti 


Queridísimos lectores…


Les compartimos un secreto que muchos preferirían que permaneciera oculto. Antes de que se celebren reuniones “amistosas” entre México y Nicaragua, es importante recordar que detrás de la diplomacia hay un país marcado por años de represión, miedo y exilio.

No todos quieren que se sepa la magnitud del sufrimiento del pueblo nicaragüense: miles de personas han sido detenidas, desaparecidas o forzadas a huir, y cientos de familias viven bajo amenaza constante. La represión no solo afecta a quienes permanecen en Nicaragua, sino que su sombra se extiende incluso a los exiliados.

Algunos funcionarios y aliados del régimen prefieren que esta información no circule. Sin embargo, es un secreto que merece ser compartido, porque la verdadera amistad entre países no se construye sobre el silencio ante la injusticia, sino sobre la defensa de los derechos y la dignidad de las personas.

Queridísimos lectores, estén atentos. Lo que hoy es un susurro podría mañana ser un cambio necesario. La solidaridad y la verdad son la única forma de mantener viva la esperanza.



Sobre el autor:  
Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.

Protesta en calles de San José contra extradición de Pedro Javier Fernández

Publicado por Alex Jacometti 




Queridísimos lectores,

Este martes, en las afueras del Tribunal de Justicia, se escucharon no solo los tambores de la protesta, sino también las voces de quienes insisten en que la justicia no debe confundirse con venganza. Unas cincuenta personas —jóvenes y adultos mayores, todos con la frente en alto— realizaron un plantón antes de entregar una carta dirigida a la jueza Maribel Bustillo Piedra, con un objetivo claro: impedir la extradición del nicaragüense Pedro Javier Fernández Sandoval.

Al evento llegaron personas de todos los ámbitos: abogados, periodistas, campesinos, hermanos de la Costa Atlántica y exiliados de diversas procedencias, todos unidos por la causa de visibilizar la situación de los perseguidos políticos nicaragüenses.

Y he aquí una imagen que nuestros cronistas no podían pasar por alto: bajo la pertinaz lluvia, los nicaragüenses se mantenían firmes, mostrando que la resistencia no se moja ni se doblega. El agua caía sobre ellos sin contemplaciones, y aun así, con un fervor casi teatral, levantaban su voz, recordándonos que hay espíritus que ni tormenta alguna puede acallar.

Aunque algunos insisten en proclamar la desaparición de la oposición, devorada por el éxodo hacia Europa y Estados Unidos, la realidad se mostró distinta: allí estaban, firmes y ruidosos, reclamando su espacio en la historia.




La carta entregada por 14 organizaciones (eran 15 originalmente, pero ya saben, siempre hay alguien que se baja del carruaje antes de tiempo) dejó su tono solemne en el aire:

“Solicitamos encarecidamente, en atención a las normas internacionales de derechos humanos, no se ordene su extradición a Nicaragua.”

Los firmantes describieron a Pedro Javier como “un trabajador humilde y opositor activo en Costa Rica”, y denunciaron la “manipulación perversa del sistema judicial por parte del régimen dictatorial de Nicaragua.”

Más aún, recordaron que las acusaciones forman parte de un patrón de persecución sistemática:

“Las imputaciones… forman parte de un patrón más amplio de represión y criminalización de la disidencia.”

 

Una denuncia que resonó con fuerza, especialmente al advertir sobre el caso de Douglas Gamaliel Álvarez Morales, extraditado en febrero de 2024 desde Costa Rica y hoy desaparecido en las entrañas de “La 300”.

“No tenemos ninguna duda de que, en caso que Pedro Javier sea devuelto, será víctima de desaparición forzada y torturas.”

Hasta aquí, todo parecía una escena digna de crónica solemne. Pero, como suele suceder, los mejores secretos no estaban escritos en el papel, sino murmurados en voz baja. Entre algunos observadores presentes, se comentaba que el plantón exigía algo “ilógico”: según ellos, Pedro Javier merecía la extradición por ciertos actos indebidos. ¡Qué atrevida conclusión! Mientras tanto, los manifestantes nunca pidieron impunidad: lo que exigían era que no se consumara la extradición, porque el verdadero asunto aquí era visibilizar la persecución contra los exiliados.

Firmaron la misiva organizaciones como el Movimiento Campesino Anticanal, la Unidad de Exiliados Nicaragüenses, la UNAB, GREX, la Asociación Unidad Médica Nicaragüense y ASIDEHU, entre otras, un total de 14 agrupaciones que aún se niegan a permanecer en silencio.


Y así, entre cartas solemnes, murmullos y consignas de resistencia, queda claro que esta historia no terminó el 30 de septiembre. Al contrario, apenas comienza a escribirse con tinta de dignidad y un toque de insolencia.


Sobre el autor:  
Alex Jacometti es escritora y editora especializada en cultura y viajes. Le apasiona compartir historias que inspiran.


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