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Cuando “la nica” toma la voz: migrar, ser mujer y sentirlo distinto




Hay obras que cambian con el tiempo.

No porque el guion sea diferente, sino porque quien las mira ya no es la misma persona.

El inmigrante, la nica, presentada en la Universidad de Costa Rica, es una de esas obras que se transforman según quién la observa… y desde dónde.

La primera vez que la vi, yo no era migrante.

La vi desde Nicaragua, desde mi propio país. Era una historia fuerte, sí, pero distante. Dolía desde la empatía, no desde la experiencia.

Hoy, la veo desde Costa Rica.

Y la veo siendo migrante.

Y eso lo cambia todo.



La interpretación de Cristina Bruno Catanina no solo transforma el personaje por el hecho de ser una mujer. También intensifica lo que la obra expone: lo que significa llegar a un país que no es el tuyo y ser leído, juzgado y muchas veces rechazado desde esa diferencia.

Porque esta obra no solo habla de migración.

Habla de xenofobia.

De esas miradas que pesan.

De esas palabras que marcan.

De ese momento en el que entendés que, aunque estés, no terminás de pertenecer.

Y cuando ya lo viviste, no se ve igual.

Se siente.

Pero hay otra capa que atraviesa esta puesta en escena: el creador y actor original de la obra ya falleció.

Y eso deja una pregunta abierta.

¿Cómo llega esta versión a escena?

Desde el público no me es del todo claro si su esposa es la actriz actual o quien impulsó esta nueva presentación o dio el permiso para continuarla. Pero lo que sí es evidente es que hay una intención de sostenerla, de mantener viva una historia que sigue siendo necesaria.

Y eso también es una forma de memoria.

El hecho de que ahora sea una mujer quien encarna el relato abre otra dimensión. La migración ya no se cuenta solo desde el desplazamiento, sino desde el cuerpo, desde el género, desde una vulnerabilidad distinta.

No es lo mismo migrar siendo hombre que siendo mujer.

Y la obra lo deja ver sin subrayarlo.

Pero la experiencia no terminó cuando bajó el telón.



Después de la función, se abrió un foro con la actriz Cristina Bruno Catanina y una psicóloga que trabaja en una ONG de derechos humanos, especialista en duelos. Y ahí, lo que se había sentido en escena empezó a tomar forma en palabras.

Porque migrar también es un proceso de duelo.

No solo por lo que se deja atrás, sino por lo que cambia en uno mismo.

La intervención desde su experiencia en derechos humanos permitió aterrizar la obra en una realidad concreta: la migración no es solo un fenómeno social o político, es una experiencia profundamente emocional y humana.


Ese espacio no fue un simple cierre.


Fue una extensión de la obra.


Y entonces el título vuelve a cobrar sentido:


El inmigrante, la nica.


Dos formas de nombrar una misma historia.


En otros contextos, como Estados Unidos, se habla del “inmigrante” como una categoría amplia. Pero en Costa Rica y Nicaragua, “nica” no es solo una palabra: es identidad, es historia… y también es estigma.


La obra no escoge entre una u otra.


Las pone frente a frente.


Y en ese cruce, incomoda.


Ver esta obra una vez no es lo mismo que verla dos.


Verla sin haber migrado no es lo mismo que verla habiendo cruzado una frontera.


Y verla en el cuerpo de una mujer no es lo mismo que verla desde cualquier otro lugar.


Porque al final, no es solo teatro.


Es memoria.

Es experiencia.

Es espejo.


Y a veces, también es herida.

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