Marley y yo: mucho más que la historia de un perro
Hace apenas unos días me senté a ver Marley y yo por primera vez. O, al menos, eso creo. No recordaba prácticamente nada de la película más allá de una idea muy general: un cachorro llega a la vida de una pareja y resulta ser demasiado inquieto para cualquiera que intente educarlo.
Con esa expectativa la empecé a ver. Pensé que encontraría una comedia familiar sobre un perro travieso, pero terminé encontrándome con una historia sobre el paso del tiempo, la familia, los cambios inevitables y el lugar que una mascota puede llegar a ocupar en nuestras vidas.
Marley, un labrador amarillo, fue durante años uno de esos perros que yo juraba que eran un golden retriever. No fue hasta que vi la película que descubrí que, en realidad, era un labrador. Tal vez por eso la historia terminó tocándome aún más.
Quienes me conocen saben que durante muchos años formó parte de mi vida Abraham, un labrador que este año tendría aproximadamente 13 años. Técnicamente no era solo mío, porque vivía en la casa de una tía, pero eso nunca impidió que compartiéramos un sinfín de aventuras.
Le decían “el mimado”, y el apodo no era casualidad. Cada vez que yo llegaba y me sentaba en una silla, él hacía exactamente lo mismo: se acomodaba sobre mis piernas y podía quedarse ahí durante un buen rato, como si ese fuera su lugar favorito en el mundo.
También recuerdo una de las anécdotas más curiosas que vivimos con él. En una ocasión se escapó y terminó siendo robado por el cuidador de la casa de un reconocido partido político de oposición, quien incluso llegó a venderlo a otra familia. La historia tuvo un final inesperado cuando uno de los principales dirigentes de ese partido, Que también fue candidato a la presidencia en su momento antes del 2018, intervino y obligó al cuidador a devolverlo. Scooby regresó a casa, como si aquella aventura hubiera sido solo un episodio más de todas las travesuras que protagonizó.
Con el paso de los años todo cambió. Ya no tenía la energía de antes. Si intentaba escaparse, apenas recorría unos cuantos metros antes de regresar caminando lentamente. Hasta que un día dejó de hacerlo.
Yo ya no estaba en el mismo país cuando desapareció.
Algunos creen que fue a buscar un lugar tranquilo para morir, tal como mencionan en Marley y yo, donde se habla de esa creencia de que algunos perros se apartan de quienes aman para evitarles el dolor de verlos partir. Otros mantienen la esperanza de que simplemente se escapó y todavía siga vivo en algún lugar.
Yo quisiera creer esa última versión, pero también entiendo que, a veces, aferrarse demasiado a una esperanza puede ser una forma de negarse a aceptar la realidad.
Quizá por eso la película logra conectar con tantas personas. No porque todos hayan tenido un perro tan travieso como Marley, sino porque muchos hemos tenido un compañero de cuatro patas que estuvo presente en una etapa importante de nuestras vidas.
Y es que Marley y yo nunca trata únicamente sobre un perro. Marley es el hilo conductor de una historia que acompaña a una pareja mientras la vida sucede: el matrimonio, los hijos, las mudanzas, los nuevos trabajos, las alegrías, las frustraciones y los inevitables cambios que llegan con el paso de los años. Mientras todo eso ocurre, Marley sigue ahí, creciendo y envejeciendo junto a ellos.
Al final entendí que la película no busca contar la historia de una mascota, sino recordar que el tiempo pasa para todos. Que las personas cambian, que las familias evolucionan y que quienes caminan a nuestro lado, aunque sea por unos cuantos años, pueden dejar recuerdos que duran toda la vida.
Porque algunas historias comienzan con un cachorro que hace desastres por toda la casa y terminan convirtiéndose en un homenaje a esos compañeros que, sin decir una sola palabra, nos enseñan lo que significa el amor incondicional y nos acompañan en algunos de los capítulos más importantes de nuestra
