La Odisea después de Homero
Por Alex Desjardins
Cuando uno se acerca a una historia como La Odisea, llega con ciertas expectativas. Es una obra que ha sobrevivido durante miles de años y que ya forma parte del imaginario colectivo: Ulises, Penélope, Telémaco, los cíclopes, las sirenas, los dioses del Olimpo y, por supuesto, el largo viaje de regreso a Ítaca. Por eso, al ver la adaptación de Christopher Nolan, es inevitable comparar lo que aparece en pantalla con aquello que uno recuerda de la historia original.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue que la película no cuenta la historia de manera completamente lineal. En buena parte de su desarrollo, la narración va saltando en el tiempo y obliga al espectador a reconstruir lo que está ocurriendo. Esto puede hacer que la experiencia sea diferente para quienes llegan esperando una versión tradicional del viaje de Odiseo, porque la película parece estar más interesada en construir su propio relato que en seguir paso a paso la estructura del poema de Homero.
También llegué pensando que Aquiles tendría una presencia mucho más importante. Sin embargo, su figura aparece principalmente a través de referencias y no ocupa el lugar que imaginaba. Esto me sorprendió porque, cuando uno piensa en las grandes historias relacionadas con la guerra de Troya, Aquiles es inevitable. Pero La Odisea comienza, precisamente, cuando esa guerra ya terminó y el protagonista intenta regresar a su hogar.
Algo similar me ocurrió con los dioses griegos. Yo esperaba que tuvieran una presencia mucho más fuerte, teniendo en cuenta la importancia que tienen en la historia original. Sin embargo, la figura central es Atenea, mientras que los demás dioses aparecen principalmente cuando la historia los necesita. Poseidón, por ejemplo, cobra importancia después del enfrentamiento con Polifemo y del castigo que los guerreros comienzan a relacionar con él. Apolo aparece vinculado al episodio de las vacas de su isla, mientras que Zeus es presentado alrededor de la idea de una ley relacionada con la obligación de recibir adecuadamente a los huéspedes.
En la película también se repite constantemente la idea de que Odiseo es el guerrero más inteligente. Sin embargo, hubo momentos en los que yo sentía que la historia podía llevarnos a pensar que su segundo al mando era incluso más inteligente que él. En algunas situaciones parecía tener respuestas más sensatas o encontrar soluciones que Odiseo no veía. Esto me hizo preguntarme si, en algún momento, la película iba a cuestionar esa imagen del gran estratega y mostrarnos que la inteligencia de Odiseo no siempre era suficiente.
Al final, lo que termina jugando en su contra es su propia soberbia. Su inteligencia podía ayudarlo a salir de situaciones difíciles, pero su orgullo y su necesidad de demostrar quién era terminaron teniendo consecuencias para él y para quienes lo acompañaban. Es precisamente esa contradicción la que me pareció interesante: el hombre al que todos reconocían como el más inteligente también podía convertirse en su propio enemigo. Y, de alguna manera, su soberbia es una de las razones por las que el regreso a Ítaca se vuelve mucho más largo y difícil de lo que podría haber sido.
También me llamó la atención la relación que tenían sus hombres con los dioses. Durante buena parte de la película, quienes acompañaban a Odiseo parecen vivir con miedo de las consecuencias de desafiar a las divinidades. Hay una sensación constante de temor y respeto hacia aquello que consideran superior a ellos. Sin embargo, hay un momento en el que esa actitud cambia completamente: cuando llegan a la isla de Apolo y terminan comiéndose las vacas sagradas.
Lo interesante es que Odiseo ya les había advertido que no debían hacerlo. No era algo que desconocieran. Sabían que existía un peligro y, aun así, decidieron ignorar la advertencia. En ese momento parecían olvidar el temor que habían mostrado anteriormente hacia los dioses y actuaron pensando más en sus propias necesidades que en las consecuencias. Después de abandonar la isla y enfrentarse a lo que ocurre como resultado de sus decisiones, vuelven a mostrarse temerosos de los dioses. Es como si el miedo regresara cuando ya era demasiado tarde.
Hubo, además, un momento de la película en el que me puse a reír, y fue durante la aparición de las sirenas. Antes de que se definiera claramente qué eran esas criaturas, vi que aparecían focas y automáticamente recordé la serie Batalla de los dioses, de History Channel, que había visto anteriormente. En uno de sus episodios explicaban que, entre las posibles interpretaciones del mito de las sirenas, existía la idea de que estas historias podían estar relacionadas con animales marinos, como las focas, y con sonidos que los navegantes podían haber interpretado como cantos. Entonces, cuando vi las focas en la película, pensé inmediatamente en aquella explicación y me dio risa la coincidencia. No sé si esa fue la intención de la película, pero fue uno de esos momentos en los que una experiencia previa termina influyendo en la manera en que uno interpreta lo que está viendo.
Como ocurre con muchas adaptaciones de Hollywood, la historia también introduce cambios para convertir una obra antigua en una película pensada para el público contemporáneo. Aun así, mientras la veía, no pude evitar pensar en Percy Jackson. No porque considere que la película esté haciendo referencias directas a los libros, sino porque, como alguien que los ha leído, hay elementos de la mitología griega que inmediatamente me resultan familiares. Los nombres de los dioses, sus historias y la manera en que sus acciones afectan a los mortales forman parte de un imaginario que también conocí a través de los libros de Rick Riordan. Es una conexión personal que hice como espectadora, pero que me hizo recordar cuánto ha influido la mitología griega en las historias que seguimos consumiendo hoy.
Pero quizá la comparación más inesperada surgió después de la película, cuando la persona con la que fui y yo comenzamos a comentar algunos personajes. En un momento hicimos una comparación política que, aunque obviamente no forma parte de la intención original de la historia, nos pareció curiosa.
Penélope, especialmente hacia el final, nos recordó a Rosario Murillo por la manera en que interpretamos su relación con el poder. La vimos como alguien que, ante la posibilidad de perder el control, se vuelve cada vez más desesperada por conservarlo. Mientras tanto, el personaje interpretado por Robert Pattinson nos hizo pensar en Daniel Ortega: alguien que manda a otros a enfrentarse al peligro y recoger las armas, pero que evita hacerlo directamente por miedo a las consecuencias.
Es una comparación subjetiva y probablemente polémica, pero también demuestra algo interesante sobre las historias clásicas: cada generación las mira desde su propia realidad. Quizá esa sea una de las razones por las que seguimos regresando a La Odisea. Aunque cambien los actores, la época y la forma de contarla, seguimos encontrando en sus personajes algo que nos resulta familiar.
La historia de Odiseo sigue siendo, al final, una historia sobre el poder, la ambición, la inteligencia, la soberbia, la lealtad, la pérdida y el deseo de volver a casa. Y, en esta versión de Christopher Nolan, también es una oportunidad para mirar un relato de miles de años atrás desde los ojos del presente.


